El pensamiento político (III): Rousseau

Jean-Jacques_Rousseau_(painted_portrait)Jean-Jacques Rousseau poseía un carácter melancólico. Su familia, emigrada a Suiza y perteneciente a la clase media, profesaba la fe calvinista. Ahí, en Ginebra, Suiza, nació en 1712. A la muerte de su madre se educó con un pastor protestante y trabajó en el servicio de un tiránico maestro grabador. Se escapó y acabó en un hospicio en Turín, donde abjuró del calvinismo y se hizo católico.

En 1728 entabló relación con Madame de Warens, quien le proporcionó una educación esmerada y ayudó en su afición por la música, estudiando también álgebra. Se va vinculando a los círculos intelectuales de París. Sus trabajos de música, como óperas, tuvieron un éxito limitado, y su proyecto de notación musical fue rechazado. Inició una relación sentimental con una costurera que le dio cinco hijos, que pasaron a orfanatos por problemas económicos. Se vinculó a grandes ilustrados como Diderot, D’Alembert y Voltaire y traba amistades superficiales, y se acaban distanciando.

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El pensamiento político (II): Montesquieu

Montesquieu_1Charles Louis de Secondat, Señor de La Brède y Barón de Montesquieu, nació en 1689 en una familia burguesa ennoblecida en La Brède, y murió en 1755. Desde muy joven se dedicó a la magistratura: en 1714 asumió su judicatura familiar en el Parlamento de Burdeos, presidiéndolo en 1716 y recibió el título de Barón de Montesquieu por herencia de un tío suyo. En la Academia de Burdeos se dedicó a las letras y ciencias, siendo paulatinamente reconocido por todos. En 1721 publicó de forma anónima las Cartas persas en Francia, prohibidas por el ministro de Luis XV, el cardenal Dubois. En ellas hace una crítica a la sociedad de su época, a la monarquía y a los valores franceses. Optando por las letras, vende su puesto en el Parlamento de Burdeos. Viaja por Alemania, Italia, Austria y Holanda. Al volver, se encierra en su biblioteca y en 1748 publica El espíritu de las leyes, imprimiéndose en dos años 22 ediciones. Esta obra sería sumada en 1752 al Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica, llegando a ser acusado de ateo y anglicanista. Seguir leyendo

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El pensamiento político (I): John Locke

John LockeJohn Locke (1632-1704) nació en Wrington, Gran Bretaña, en el seno de una familia acomodada y de pensamiento avanzado. Su padre, de profesión notario, participó en la guerra civil inglesa como miembro del ejército parlamentario de Cromwell. Su familia sufrió el exilio por la oposición al gobierno de Jacobo II, y marcharon a los Países Bajos, hasta la llegada al trono inglés de Guillermo de Orange con la Revolución Gloriosa de 1688 y la aceptación del Bill of Rights.

Locke asumió los presupuestos de la nueva ciencia y se le considera promotor de la nueva ciencia empírica y experimental. Se formó como médico y fue secretario personal de Lord Ashley, uno de los fundadores de la facción de los Whigs, la facción que defendía el Bill of Rights y la preeminencia del Parlamento sobre la Corona. También, Locke fue consejero del Departamento de Comercio a partir de 1696 y amasó una gran fortuna con el comercio de seda y esclavos. Seguir leyendo

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Melquíades Álvarez, un republicano olvidado

La memoria histórica de los españoles trata muy mal a sus grandes hombres. Las deficiencias en el sistema educativo, la pésima consideración que se tiene hacia las humanidades y las ciencias sociales y el relevo generacional pueden ser varios de los factores que expliquen el escaso conocimiento de los hechos que acaecieron más allá de 1975 o de 1939. En muchas ocasiones, la historiografía, y pseudohistoriadores conocidos -por desgracia- por todos, han distorsionado el pasado hasta simplificarlo, bien por facilitar su conocimiento, bien por causas ajenas al verdadero conocimiento histórico.

Es el caso de la historia del republicanismo español. En líneas generales, la palabra “república” nos remite a los hechos más destacados de 1931 y 1939 y a las connotaciones más negativas: comunismo, violencia, sectarismo, separatismo, inestabilidad… en medio de palabras tan nefastas se ha hundido deliberadamente al republicanismo español.

La figura de Melquíades Álvarez (1864-1936) bien puede ser el símbolo de la tragedia del republicanismo español. Nacido en Gijón, se licenció en derecho por la Universidad de Oviedo, donde sería catedrático de derecho romano desde 1898. Además, se inició en el mundo del periodismo con la fundación del periódico La Libertad y colaborando en El Eco de Gijón. Conjugó la abogacía y el periodismo con la política: en 1898 fue elegido diputado por Asturias por la candidatura democráta-liberal, sumergiéndose en el mundo político de la Restauración española, ademas en un año tan destacado para la historia española, el del Desastre.

Melquíades Álvarez no escapa a la cuestión en voga de la época, derivada del Desastre, el regeneracionismo. Se define como republicano y pasa a colaborar con los republicanos posibilistas Nicolás Salmerón, Blasco Ibáñez, Joaquín Costa y Gumersindo de Azcárate. Desde 1901 hasta 1923, renueva su escaño dentro de las candidaturas republicanas. Durante un primer período que va de 1901 a 1912, colabora en la unión de los partidos republicanos (Unión Republicana de 1903 a 1908) y en la colaboración con el Partido Socialista (Conjunción Republicano-Socialista de 1910). En la primera década del novecientos, desde el republicanismo, ofrece apoyo político al Partido Liberal dinástico para reformar el régimen de la Restauración y la Constitución de 1876, con la intención de democratizar el sistema y consolidar la supremacía del poder civil sobre el militar, muy dañado tras la aprobación de la Ley de Jurisdicciones por el gabinete liberal de Moret y Romanones de 1906, tras los sucesos contra la revista Cu-Cut!.

En 1912, Melquíades Álvarez crea el Partido Reformista, siendo la cabeza visible del amplio republicanismo reformista, democrático y laico que había surgido en la década de 1880 de las filas del krauso-institucionismo y del Instituto de Reformas Sociales. Como partido reformista, la formación de Melquíades Álvarez defendía la reforma gradual del sistema político en varios aspectos. Reforma política para crear un Estado democrático y social de derecho que abriese el sistema a la participación de la sociedad, acabando con el caciquismo y fomentando la autonomía de las regiones como respuesta al creciente regionalismo y como freno al nacionalismo independentista. Reforma de las relaciones laborales para conjugar capital y trabajo y alcanzar la “armonía social”, mediante el asociacionismo obrero y una legislación de cobertura social de los trabajadores.

Como partido republicano, el Reformista se definía accidentalista, dejando para un momento posterior el debate en torno al tipo de régimen: lo importante era primero democratizar el Estado. Bajo los ideales del nuevo liberalismo se integraban buen número de los intelectuales republicanos y krausistas: Adolfo González Posada, Manuel Azaña, Gumersindo de Azcárate, José Ortega y Gasset, Fernando de los Ríos, Américo Castro y otros tantos otros.

De 1912 a 1923, el Partido Reformista y su líder Melquíades Álvarez variaron en sus alianzas, ora los republicanos, ora los liberales dinásticos, en el intento de conseguir la influencia necesaria para presionar en favor de la democratización del sistema político. Hay que destacar una paradoja que afectaba a todos los partidos de la Restauración: todos, desde los dinásticos a los republicanos, defendían la democratización, en mayor o menor medida; pero todos se beneficiaban del “encasillado” y del fraude electoral que decidía la composición de las Cortes. El Partido Reformista no escapó a esas prácticas y de ahí provienen sus grandes triunfos electorales en Asturias en la década de 1910-1920. En 1922, merced a la coalición entre liberales dinásticos y reformistas, Melquíades Álvarez es nombrado presidente del Congreso de los Diputados, cargo que ocupa hasta la clausura de las Cortes y la suspensión de la Constitución de 1876 por el golpe de Estado del general Primo de Rivera.

La dictadura de Primo de Rivera, pese a defender las reformas regeneracionistas y la crítica al caciquismo e ineficacia del sistema político de la Restauración, no era lo que defendían los republicanos y los reformistas. El político asturiano espera, no ocioso, sino colaborando o mostrando simpatías por conspiraciones para quitar al dictador. En 1930, con Primo de Rivera dimitido y el régimen monárquico haciendo aguas, el rey Alfonso XIII le pide que forme gobierno, proposición rechazada por Álvarez si no se convocan unas Cortes constituyentes que se definan la naturaleza del régimen político. En las municipales de abril de 1931, sin esperarse que iban a convertirse en una consulta contra la monarquía, inicialmente integró el bloque monárquico y luego pasó a defender la abstención.

Con la proclamación de la república, acepta el nuevo régimen y refunde el Partido Reformista en Partido Republicano Liberal Demócrata, en un campo mucho más moderado y conservador que el Reformista, fruto de la evolución del pensamiento de su líder: estaba muy desencantado con el rumbo de los acontecimientos y, como Ortega y Gasset, era de la opinión que la república no debía ser lo que el gobierno del primer bienio estaba realizando. Por ello, colaboró en el bienio negro con los gobiernos radical-cedistas y hasta en apoyar la represión de los obreros de Asturias, reclamando que orden y libertad no tenían sentido el uno sin el otro. La colaboración de su partido en el bienio radical-cedista, el apoyo a las represiones obreras, la defensa que hizo de José Antonio Primo de Rivera tras su detención y, posteriormente el apoyo de muchos de sus miembros a la rebelión militar de julio de 1936 desacreditó al viejo partido reformista y a su veterano líder. Melquíades Álvarez fue encarcelado en agosto en la Cárcel Modelo de Madrid, donde el 22 de ese mismo mes fue fusilado sin juicio y sin conocimiento por el gobierno y la presidencia de la república, con gran dolor de quien fue en su día compañero de partido, Manuel Azaña.

Melquíades Álvarez fue una víctima de ese caos político, social y bélico que acabó con las esperanzas del republicanismo español. Es, sin duda, un buen representante de lo que se ha dado en llamar la “tercera España”, esa España reformista que tenía un proyecto de democracia y regeneración en medio de los odios, larvados tiempo atrás, de las otras dos Españas. El desencanto de Melquíades Álvarez por la república no era un caso aislado, sino que embargaba a personajes ilustres a izquierda y derecha, preocupados y desesperados por una España que, ni con monarquía o república, conseguía unirse al tren de las naciones democráticas y desarrolladas.

Enlaces de interés en Internet:
Melquíades Álvarez y los nudos de la memoria
Biografía de Melquíades Álvarez

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Historia de Vasconia (II): La formación de los señoríos vascos en “Nueva Vasconia”

Los territorios que actualmente conforman el País Vasco (Álava, Vizcaya y Guipúzcoa) estaban ocupadas hasta época tardorromana por los pueblos de los berones, autrigones, caristios y várdulos. Sobre estos pueblos ha habido un debate muy importante acerca de su origen, si celta, indoeuropeo o vascón. Los berones se clasifican como celtas o celtíberos y ocupaban las tierras de Álava y Logroño. Los autrigones ocupaban las tierras de los ríos Nervión y Asón, siendo considerados indoeuropeos o vascones. Los caristios ocupaban Vizcaya y su filiación es igualmente tan discutida como la de los autrigones. Por últimos, los várdulos vivían en las tierras guipuzcoanas, y su filiación tiene los mismos problemas que la de autrigones y caristios.

Algunos historiadores preconizaron una tesis de “vasconización tardía” para las tierras del País Vasco. Adolf Schuten, historiador y arqueólogo alemán interesado por la historia de España, sostenía que entre los siglos II y VI los vascones ampliaron sus territorios desde las tierras altas del Ebro (lo que sería la Vasconia primitiva) hacia el oeste, a las tierras de los berones, autrigones, caristios y várdulos (la nueva Vasconia), y hacia el norte, a Aquitania. El historiador español Sánchez Albornoz sostuvo esta misma hipótesis, incidiendo en la vasconización de estos pueblos prerromanos, facilitado porque pudieron hablar lenguas análogas al protovasco. Estos movimientos de población bien pudieron estar relacionados con las invasiones germanas del siglo V. Por otra parte, esta teoría de la vasconización tardía está discutida por autores como Julio Caro Baroja o Koldo Mitxelena, entre otros (añado un enlace sobre esta tesis en Wikipedia, para no extender este escrito).

Durante la época visigoda, el territorio de la nueva Vasconia se halló con pocos lazos con el poder principal de Hispania, el reino visigodo de Tolosa, primero, y de Toledo, después. Aún así, hay constancia de saqueos de pueblos germanos como los hérulos en Vardulia (posteriormente de vikingos), así como intervenciones del rey visigodo Leovigildo a finales del siglo VI, creando la ciudad de Victoriacum (la Vitoria actual). En general, estas tierras permanecieron en una condición pre-estatal y de declive de la romanización, asemejándose a los períodos prerromanos.

No es hasta después de la invasión musulmana del siglo VIII cuando estas tierras se insertan en el conjunto de relaciones de los poderes peninsulares. El pequeño reino astur-cántabro parece extender su influencia sobre las tierras de Vizcaya y Álava desde el siglo IX, lo mismo que el reino de Pamplona poseía las tierras guipuzcoanas y riojanas. El problema de este período es la escasez, inexistencia o dudosa veracidad de las fuentes. La escasez de fuentes escritas refuerza los relatos míticos, como la batalla de Padura, acaso un relato posterior que viniese a reforzar la legendaria bravura de los vascones.

A mediados del siglo XI acaban surgiendo poderes autónomos al avanzar el proceso de feudalización de la sociedad, con la dotación de instituciones y leyes propias y el dominio de la nobleza local. Se forman el señorío de Vizcaya (dividida a su vez en condado o merindad de Durango, las Encartaciones y la Tierra Llana) y el condado de Álava.

El condado de Álava:

El condado de Álava estuvo en su origen vinculado al condado de Castilla, siendo el conde señor de ambos territorios. El condado de Álava era autónomo respecto a otros poderes, pero sometido por vasallaje y linaje al reino astur-leonés. Desde el primer mítico conde Rodrigo de Castilla (762-800), pasó por ser gobernada por señores propios como Vela Jiménez (870-883), perteneciente a la dinastía pamplonesa de los Jimeno, lo que revelaría el traspaso del dominio astur-leonés al navarro. Para ampliar y relacionar una historia del artículo anterior de Historia de Vasconia, Sancho Garcés I de Pamplona había casado a su hija Sancha con el conde de Álava, Álvaro Herrameliz (921-931), cuyo sucesor fue Fernán González, primer conde de Castilla.

Ambos condados volvieron a poseer un mismo señor, incluso cuando el condado castellano pasó a formar parte del vasto reino navarro de Sancho Garcés III (1004-1035) por matrimonio con Muniadona de Castilla. El condado alavés pasa al hijo de Sancho Garcés III, Fernando I, en 1035, y de éste a su hijo Sancho II, primer rey de Castilla, en 1065, quedando Álava definitivamente ligada al nuevo reino castellano y luego al reino unificado de Castilla y León.

Las instituciones alavesas eran varias. La Cofradía de Arriaga poseía Juntas, órgano de representación de la nobleza y la hidalguía del territorio, hasta que en 1332 deciden adoptar la legislación castellana e integrarse en el territorio de realengo castellano. El señorío de Ayala poseía su propio fuero, hasta 1487 cuando decidió adoptar las leyes de Castilla. Otras villas del territorio poseían fueros propios, y Llodio aplicaba el fuero de Vizcaya.

El señorío de Vizcaya:

El señorío de Vizcaya tiene su origen legendario en la batalla de Padura de 840 contra las tropas astur-cántabras de Alfonso II, donde la victoria vizcaína lleva a los vascones a elegir como señor propio al noble Lope Fortún, llamado Jaun Zuria (Señor Blanco) por su aspecto físico, rubio y de piel clara. Este y sus hijos, los primeros señores de Vizcaya, son considerados legendarios al carecer de pruebas sólidas de su existencia, aunque algunos investigadores creen que Jaun Zuria era en realidad un caudillo vikingo o un aristócrata sajón exiliado, hecho que justificaría su presunto origen del matrimonio entre un noble local y una princesa escocesa.

Entrando en un período de evidencias históricas, a comienzos del siglo XI el territorio vizcaíno estaba bajo dominio navarro, gobernado por Íñigo López, conde en Vizcaya (y no conde de Vizcaya, al ser una delegación del gobierno), un cargo designado y no hereditario de por sí. Deseando liberarse del poder navarro, aprovechó la rivalidad navarros con astur-leoneses para declararse vasallo del rey astur-leonés, que a cambio le concedió el ansiado título hereditario, garantizando la autonomía del señorío vizcaíno.

Íñigo López dio comienzo a la primera dinastía vizcaína, la Casa de Haro, que decía descender del legendario Jaun Zuria. La Casa de Haro gobernará Vizcaya desde el año 1040 hasta 1334, que pasa de la heredera de Haro, María Díaz II, a su esposo Juan Núñez, primer conde de la dinastía castellana de Lara, familia que poseerá el título hasta 1359, año de la muerte de la condesa Juana de Lara, pasando el condado a su esposo el infante Tello de Castilla, hijo del rey Alfonso XI. A la muerte de Tello en 1370, el condado pasará a Juan I de Castilla, quedando desde ese momento vinculado el título de conde de Vizcaya a la corona castellana de los Trastámara.

El señorío de Vizcaya se gobernaba por varias instituciones, al estar dividido en varios territorios. La tierra llana poseía unas Juntas que se reunían en Guernica y el llamado fuero de Vizcaya, formadas por representantes de las anteiglesias (municipios con concejo abierto) y merindades (regiones intermedias a cargo de un merino). Las Encartaciones poseían unas Juntas propias, que se reunían en Avellaneda, y un fuero específico (que fue confirmado por los Reyes Católicos, posteriormente, y pervivió hasta 1576, año en que las Juntas acordaron aplicar el fuero de Vizcaya). Finalmente, la merindad de Durango, que pasó a control de los condes de Vizcaya desde 1212, con el conde Diego López II de Haro, por su participación en la batalla de las Navas de Tolosa. Durango poseía una Junta de merindad, que se reunía en Abadiano y estaba formada por las doce anteiglesias del territorio que seguían el fuero de Durango, quedando las villas sin derecho a participar en ella, ya que se regían según el fuero de Vizcaya. En 1576 la merindad de Durango adopta el fuero de Vizcaya y en 1628 se integra en las Juntas de Guernica.

El señor de Vizcaya, así como el conde de Álava, acabaron poseyendo el título hereditario, pero su gobierno sobre el territorio no podía ser arbitrario. Siguiendo las lógicas feudales de la época, los señores debían obediencia al rey al que declaraban su vasallaje, fuera el navarro o el leonés. Además, los distintos fueros les obligaban a administrar justicia y acordar impuestos de acuerdo con los representantes de las Juntas, formadas por la nobleza local. Igualmente cuando los títulos condales recayeron en los reyes de Castilla, éstos confirmaron los fueros de Vizcaya y Álava y hubieron de gobernar en esos territorios de acuerdo con las Juntas, lo mismo que en el resto del reino habían de llegar a acuerdos con las Cortes medievales. Sobre la organización social y económica, los párrafos dedicados a ello en el primer artículo de esta serie son válidos para estos señoríos.

Guipúzcoa y la región de Baztán permanecieron bajo control de Navarra hasta el año 1200, cuando pasa a formar parte de Castilla y adoptando su legislación, abandonando el derecho navarro. En 1463, a la par que la Hermandad de Álava, surge la Hermandad de Guipúzcoa y la promulgación de los Cuadernos Ordenanzas. Estas normativas, y la consolidación de las Juntas de Guernica como órgano principal de gobierno de Vizcaya, suponen la creación de las modernas Juntas Generales de los tres territorios, que estuvieron vigentes desde el siglo XV hasta 1876. Concentraban el poder jurisdiccional de los territorios y nombraban a un Diputado General que era a la vez representante de la voluntad del rey como comisionado de las Juntas para el gobierno de los territorios.

En el siglo XVI se reglamentaron las condiciones para ser miembro de las Juntas: propietarios varones, de determinada renta, y con certificado de limpieza de sangre, excluyendo clero y abogados. Con ello se reforzaba el poder de la aristocracia terrateniente y se excluía al resto de estamentos sociales. El asunto de la limpieza de sangre no se reducía a no tener ascendencia musulmana o judía, sino a haber nacido, tanto la persona como sus antepasados, en los territorios vascos, acreditado mediante certificados de limpieza de sangre, a los que podía accederse mediante grandes sumas de dinero, convirtiéndose en un foco de corrupción e intereses para cerrar el paso a otros segmentos sociales.

(original en Árbol Socialdemócrata)

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Historia de Vasconia (I): La formación del reino de Navarra

Antes de la invasión musulmana de la península Ibérica, el territorio comprendido entre el curso alto del Ebro y los Pirineos occidentales se hallaba poblada por los vascones, un pueblo cuya romanización había retrocedido desde la dominación de estas tierras por el Imperio. A la llegada de los musulmanes, estas tierras se hallaban bajo el dominio formal del reino visigodo de Toledo y el reino franco, controlado por señores locales, en la línea de la feudalización europea.

Tras la ocupación musulmana de la región, su poder rivalizó con el carolingio a través de dos facciones de la aristocracia vascona: los Velasco, partidarios del poder franco y apoyados por la población cristiana, y los Arista, aliados del valí de Córdoba y de los Banu Qasi, gobernadores de las tierras del curso medio del Ebro (señorío de Zaragoza). El siglo VIII fue un período de rivalidad constante por el gobierno de Pamplona y de la región, hasta que Íñigo Arista derrota a los procarolingios y a las tropas del reino franco, alrededor del 820, y se corona rey de Pamplona (820-852), dando inicio al Reino de Pamplona (luego Reino de Navarra), y a la dinastía de los Arista, que gobernó hasta inicios del siglo X. A estos primeros reyes les sucede la dinastía Jimena, otra de las grandes familias aristocráticas de Pamplona, con Sancho Garcés I (905-925).

Con la dinastía Jimena, los reyes navarros empiezan a incorporar a su patrimonio territorios riojanos (Nájera) y el condado de Aragón (entonces una pequeña entidad enclavada en el Pirineo aragonés). A su vez, el rey Sancho Garcés I tejió una gran red diplomática con varios poderes peninsulares, a través del matrimonio de sus hijas con los reyes de León, el conde de Álava y el conde de Castilla, así como el gobernador musulmán de Huesca.

El reinado de Sancho Garcés III (1004-1035) supone el momento de mayor apogeo del reino de Navarra y su condición de primera potencia cristiana peninsular, uniendo bajo su corona Navarra, Sobrarbe-Ribagorza, Álava y Castilla, llegando a ser denominado Rex Ibericus o Sancio rege Navarriae Hispaniarum. A su muerte, el reino navarro se dividió en varias entidades, otorgadas a sus hijos, como el condado de Castilla a Fernando Sánchez (éste sometido a vasallaje al reino de León), el reino de Navarra a García Sánchez III, al que estaban vinculados Gonzalo Sánchez, conde de Sobrarbe-Ribagorza y Ramiro I, rey de Aragón, que pronto se desvinculó de su hermano García e incorporó al nuevo reino aragonés los condados de Sobrarbe-Ribagorza tras la muerte de Gonzalo en 1045: entre 1035 y 1045 comenzaba la historia independiente del reino de Aragón, Castilla y Navarra, los tres reinos que acabarían por repartirse la península a expensas de Al-Ándalus. La idea de reconquista no llegó hasta más tarde de los inicios del reino de Navarra, pero cuando los reinos de Castilla y Aragón, en su expansión al sur, habían cortado el paso al pequeño reino, cuyo crecimiento se estancó.

En el territorio del reino navarro no había una única lengua uniforme. No existían academias que reglamentaran los usos del idioma. Había una fragmentación lingüística en varios niveles, uno regional y otro social. Las malas comunicaciones, el aislamiento de comarcas unas de otras favorecía la evolución dispar del idioma, generando dialectos con características comunes, agrupados en torno a un idioma navarroaragonés, en el este del reino, el vasco, en las tierras altas de Navarra, y el castellano, que surgía en torno a San Millán de la Cogolla. La población culta, como comerciantes, nobles y clero dominaban el latín, que usaban en los documentos públicos.

La sociedad navarra. Repasado fugazmente la historia política de esta primera etapa de Navarra, hay que señalar que la sociedad medieval era una sociedad feudal, dividida en estamentos (nobleza, clero y tercer estado) y vinculada entre sí por vasallaje individual o colectivo. Las ciudades del reino, habitadas por comerciantes y funcionarios, dependían directamente del rey (que era un primus inter pares respecto a los nobles), formando parte de su patrimonio, o bien podían estar bajo el dominio de nobles o del clero, lo mismo que los habitantes del campo.

Las tierras eran en su mayoría grandes propiedades de los grupos dominantes de la sociedad, trabajadas por campesinos a cambio de parcelas de tierra para la manutención de las familias, así como existían tierras comunales para uso colectivo, como bosques o pastos para el ganado. El clero poseía bastantes tierras, patrimonio de obispados o de monasterios, como el de San Millán de la Cogolla.

Las condiciones de vida no diferían de los del resto de la Europa cristiana: muy duras, con una agricultura de bajo rendimiento, dependiente de las condiciones climáticas, sometidos a una fiscalidad, sea al rey, a la nobleza el diezmo a la Iglesia, que sobre todo era en especie (ganado y cosechas) y la prestación de trabajos por el vasallaje, como podría ser la producción artesanal, textil, u obras públicas.

No había un sentimiento de pertenencia a una nación como la concebimos hoy día. Los grupos dominantes, esto es, clero y nobleza, tenían una concepción de participar de la universitas cristiana y de la península como una unidad geográfica e histórica, por lo que no era de extrañar que pudieran llegar a pactos diplomáticos y dinásticos tanto con musulmanes como con cristianos.

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Presentación del Blog de Historia y Política

Saludos, cibernavegantes. No soy nuevo en el mundo de las bitácoras de internet. Ya poseo un blog, el Árbol Socialdemócrata, pero este nuevo Blog de Historia y Política responde a otros intereses personales.

El Blog de Historia y Política será una bitácora más profesional, de acuerdo con la evolución natural en la maduración de toda persona. No reniego en absoluto de la obra del Árbol Socialdemócrata, del que estoy orgulloso, pero su contenido refleja más el estado de mi opinión personal.

El Blog de Historia y Política será una bitácora de contenidos sobre la Historia y la Política tratados con el máximo rigor científico, análisis sobre hechos y procesos históricos sobre los temas que se puedan tocar: historia social, historia económica, historia general, historia política… el objetivo es el análisis sereno y objetivo, a la vez que proporcionaros a vosotros, queridos lectores cibernautas, un espacio más de conocimiento que tomar en consideración y contrastar. En esto sigo mi línea del Árbol Socialdemócrata de dar mi conocimiento y opinión para crear y compartir conocimiento y opinión, sin ninguna pretensión de superioridad o ánimo de declarar infalibles doctrinas o escuelas de pensamiento.

Ningún texto está libre de carecer de opinión, y los que aquí se escriban no tendrán opinión (a menos que sea necesaria, y sólo como conclusión personal), pero en su fondo, en sus líneas, los textos se guiarán por motivaciones inevitables. En ello, no obstante, se respetará la pluralidad de opiniones existentes. Si habría de definir qué pensamiento estará presente en este Blog de Historia y Política, será aquel que prodiga las ideas de libertad y democracia.

Bienvenidos, cibernavegantes.

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